Todo lo que siento lo atrapa la imagen, la imagen termina de contar lo que siento.

Los cien años de Macondo sueñan, sueñan en el aire, y ante él la vida pasa siendo, remolino de recuerdos. Úrsula, cien años, Soledad, Macando, eres epopeya de un pueblo olvidado, forjado en cien años de amores e historia. Te imagino y vuelvo a vivir, en mi memoria quemada al sol. Mariposas amarillas, Mauricio Babilonia, mariposas amarillas que vuelan liberadas”…

Una de las grandes atracciones de las fiestas literarias cartageneras, fue la exposición de la poeta y pintora Florencia Buenaventura, una rubia menuda que la conocí echando a andar grandes guacales en la calle de la Universidad, pintando las paredes de la Biblioteca José Fernández de Madrid, para que sus mujeres pudieran lucirse, y declamando un poema en honor a cada mujer que pasó por el matiz de su mente brillante y de su amor al arte. En el más amplio sentido del concepto. Ella misma pagó el traslado de su obra, los seguros, el alojamiento de tantos “personajes”, para compartir recuerdos del Macondo que lleva a cuestas desde que su padre se lo leyera en casa.

En la introducción de su poemario y su pintura, ella invita en tono coloquial a cercanos a su obra: “Asómate conmigo… La primera vez que leí Cien Años de Soledad era una adolescente. Un día apreció mi padre en la casa con el libro. Se trataba de la primera edición. Él leía para mí con la misma devoción con la que admiraba la obra de Gabriel García Márquez.”

Su obra iluminó las paredes de la Biblioteca Fernández de Madrid, mientras los poetas y narradores trataban de asomarse a esas mujeres que los miraban con asombro, con gracias, con placidez. Posteriormente, Florencia proseguía: “Todo un monólogo mágico. Aún hoy después de tantos años, continúo sintiendo el movimiento de sus manos pasando las páginas de cada libro que leía. La voz de mi padre es un eco constante en mi vida y trae aún esos Macondos que me mercarían para siempre”. (…)

“Las anécdotas de Úrsula, Remedios la Bella, Fernanda de Carpio, Pilar Ternera, Amaranta Úrsula, Petra Cotes, Sofía de la Piedad, Amaranta Buendía, Rebeca, Renata Remedios… otorgan un halo 'mítico' a lo banal que pueda tener cada una de sus acciones diarias. Pero queremos también atravesar el tiempo, los sentimientos y las historias que no son vistas cara a cara.”

Florencia Buenaventura tuvo una presencia sublime por las paredes, el recinto y los corredores del Alma Mater, con la promesa de volver. Esta mujer rubia, exótica y vestida de negro, nos dejó un invaluable recuerdo en la Universidad de Cartagena. Fue ella, quizá, la que más me marcó en estos días de fiestas, que permanecerán de manera perenne en nuestra conciencia. Para ella el mayor orgullo, fue que Jaime García Márquez, el fabulador hermano de Gabito y miembro de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, le comprara una de sus mujeres misteriosas. Y el mayor goce mío fue recibir de regalo a Amaranta que me mira todos los días desde la pared. 

*Sara Marcela Bozzi Anderson
Directora de la Revista Unicarta.